Resignificar el dolor para salir adelante

Por Paula Soler para el Diario La Nación.

Testimonios de personas que perdieron a un familiar y que reencauzaron sus energías para dar nacimiento a organizaciones que brindan apoyo a personas que atraviesan situaciones similares. En algunos casos se centran en dar acompañamiento y atención psicológica mientras que en otros buscan justicia cuando hubo delitos.


“Ante la muerte de los padres, un hijo o un hermano se pierde la brújula, no se sabe para adónde seguir ni para qué. Por eso es importante dar lugar al dolor, resignificarlo y darle un nuevo sentido a la vida.” Esas son las palabras de Aldana Di Costanzo, psicóloga y presidenta de la Fundación Aiken, que en lengua mapuche significa vida.

Ella como otros creen que es posible transformar el dolor en un motor para seguir adelante, y desde diferentes asociaciones sin fines de lucro ayudar al prójimo a superar el duelo.

Un ejemplo es Aiken, organización que da contención psicológica y social a niños y adolescentes que sufren la muerte de su papá, mamá o hermanos.

“Incluimos en la terapia al adulto que queda a cargo porque para que el niño elabore su duelo se necesita que el adulto genere ese espacio. Si la persona mayor no puede con su propio dolor, no va a poder con el del niño”, afirma Aldana Di Constanzo, que tiene 28 años y hace tres comenzó a sentar las bases de Aiken, un sueño que nació de su historia personal.

Su papá falleció de cáncer cuando ella tenía 6 años. Enojada y sin un espacio para recordarlo, recién lo lloró a los 22.

“Todo depende de la capacidad de resiliencia de cada uno, que es la posibilidad de superar un trauma. El dolor no se pasa, uno aprende a convivir con esa ausencia y a veces llega a tener un sentido”, cuenta Aldana, con conocimiento de causa.

Aiken cuenta con diferentes enfoques, como la plástica, la escritura y las intervenciones teatrales. “Los niños no suelen expresar su dolor con palabras, pero sí con dibujos, actitudes y conductas. El adulto es más oral y viene angustiado y con mil dudas”, cuenta Aldana.

Con esas mil dudas a cuestas llegó a Aiken Diego. Su hija de 8 años, Martina, se había mudado con él luego de que a su ex mujer le diagnosticaran cáncer. Diego, que tenía una buena relación con ella, comenzó a ver que su vida y la de su hija cambiarían drásticamente.

“Cuando me enteré que era terminal no supe cómo decírselo. Para peor, ellas no se veían porque la mamá estaba en cuidados paliativos y no quería que la nena la viera mal. Todo era muy triste, oscuro, un caos”, cuenta Diego. Fue entonces cuando se contactó con Aiken y comenzaron a trabajar con él, su ex mujer y Martina.

“Nunca me dijeron qué hacer o cómo. Sí me ofrecieron un eje: hablar sobre la muerte sin negarla es una forma de pasar a otra etapa. Entonces traté de controlar el caos de a poco porque hay que buscar pequeños logros. Martina vio a su mamá en las últimas semanas de vida y fueron encuentros muy amorosos. Aunque el partido estaba perdido, fue como el gol del descuento”, afirma Diego.

Pasados ocho meses de la muerte de la mamá, Martina aún no ha llorado, pero comenzó a hablar de ella en pasado y a su manera, a decir que la extraña. “Es que cuando estás en lo más oscuro de la noche, está por salir el sol”, dice su padre sonriendo.

Cuando se busca justicia

Madres del Dolor es una organización que contiene emocionalmente y da asesoría jurídica a personas que han perdido a sus hijos en situación de secuestros, violaciones, robos, gatillo fácil o accidentes de tránsito. La asociación está conformada por nueve madres y hoy acompaña a unas 1200 familias.

“Hay padres que creen que nada se puede hacer, pero les decimos que no bajen los brazos, que vayan al juzgado y pregunten sin exigir, sino ejerciendo su derecho a saber. Sólo así vuelve a salir el sol”, cuenta Marta Canillas, una de las fundadoras y mamá de Juan, que fue asesinado en 2006 luego de haber sido secuestrado.

“La ausencia de Juan es la presencia más fuerte que tengo. Me duermo y me despierto pensando en él. No me conecto con su muerte y no creo que el tiempo cure, no me quiero curar de los 23 hermosos años que me dio. Al contrario, el dolor que tengo me conecta con su vida todos los días. Ese es mi motor”, dice Marta.

Sandra Calvo sabe de esa lucha y da fe del trabajo de las madres. Hace cuatro años, en Núñez, su madre y su hermana fueron ultrajadas y apuñaladas por su vecino Claudio Alvarez, violador reincidente que estaba en libertad condicional. La mamá de Sandra falleció. Berenice, de 13 años en ese entonces, sobrevivió.

“Madres del Dolor me dio un apoyo incondicional. Me contactaron con el abogado Claudio Mazaira, que hizo un excelente trabajo y además fue mi psicólogo, mi contención. Cuando terminó el juicio me dijo que le pagara lo que pudiera. Todos brindaron ayuda solidaria y desinteresada”, cuenta Sandra, que hoy vive con su hijo, su marido y Berenice, de 17 años.

Sandra fue quien las encontró luego del ataque y nunca paró hasta conseguir justicia. Hoy Alvarez tiene cadena perpetua.

“Se hizo justicia, veo que mi hermanita está muy bien. Ahora me toca mejorar a mí y espero poder, ya que mi motor es mi familia”, sonríe y levanta la mirada hacia una foto de su mamá y Berenice, felices en su último verano juntas.

La dulce nostalgia

Dicen que la muerte de un hijo es el dolor más difícil de sobrellevar. No es extraño que no exista en el mundo un adjetivo para quienes sufren esas pérdidas.

Quizá sea que el amor sigue intacto y los hijos siempre serán hijos, al igual que los padres, siempre padres.

Eso piensan en Renacer, una asociación de papás y mamás que han perdido a sus hijos y se ayudan mutuamente, sin asistencia médica ni psicológica.

“No compartimos ninguna ideología política ni religiosa. El mecanismo de los encuentros es ayudar al par que sufre. Ahí es cuando nos olvidamos de nuestras culpas y tristezas y en el hacer por el otro logramos trascender nuestro propio dolor y todo cobra un nuevo sentido”, cuenta Silvia Dobler, mamá de Luis, un joven que se suicidó a los 26 años.

Desde Renacer explican que como tratan de aprender a vivir sin la presencia de sus hijos no se conectan con las circunstancias de sus muertes, así como la muerte es parte de la vida.

“Es posible volver a sonreír y recuperar la paz interior porque en nuestras reuniones está implícito el recuerdo de nuestros amores, y frente a la profundidad del amor pierde sentido la tristeza porque el amor nunca muere”, afirma Silvia, que vive en Esperanza, Santa Fe.

Focalizar la energía en obras

Verdad de Perogrullo o no, la muerte es parte de la vida. Pero hay quienes prefieren invertir los términos y decir que la muerte es un indicio de que existe la vida.

Marta Canillas admite que no para todos es fácil superar la muerte de un ser querido, que cada persona hace lo que puede y como puede. Pero sí cree que es posible si uno encauza todo ese dolor en recuerdos y acciones positivas.

“No me permití caer por mis otros hijos, por mi hermosa familia, y por el resto de la gente. Desde Madres encauzamos el dolor en ayudar al otro, cada triunfo pequeñito es enorme. Sé que mi hijo puede estar orgulloso.”

Silvia Dobler, de los grupos Renacer, explica que ellos se basan en la logoterapia: “La persona que encuentra un para qué vivir, sin duda encuentra el cómo. No podemos cambiar lo que pasó, pero sí decidir cómo seguir viviendo y cambiar nuestra actitud ante el dolor”.

Por eso Aldana, de Aiken, habla de la capacidad de resiliencia y a la vez de darles un sentido a las cicatrices, que siempre duelen.

“Si yo no hubiera perdido a mi papá, quizás ahora no estaría tratando de ayudar a otros”, y señala con una sonrisa un retrato de su padre, que la mira desde una de las paredes del consultorio donde atiende a adultos.

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